Fotografía tomada de la red |
Ser freelance es, literalmente, ser libre. Y ser libre es lo contrario a la concepción que se tiene de un trabajo. Así, nuestros silogismos nos arrojan una verdad relativa: ser freelance no es un trabajo.
Si nos ponemos románticos le podemos llamar “una forma de
vida”, si queremos ser más realistas, como la manera de ganar dinero haciendo
lo que tú quieras cuando tú quieras (aunque suene a infomercial). O al menos
las sagradas escrituras del periodismo así lo dictan. Apelan al amor de este trabajo,
apelan a la libre elección aunque siempre hay excepciones lamentables.
Cuando pienso en
freelance imagino a Enrique Meneses diciéndome a través de la pantalla que no
compre una casa, que viaje, que sea autodidacta, que infle a mi yo hiperactivo,
que lo drogue, que sepa hablar árabe e inglés, que explore, que me arriesgue, que
aprenda a hacer de todo. Y tiene lógica: los periodistas más versátiles y
afectos al cambio tienen más posibilidades de elección para hacer libremente su
propia agenda setting y cubrir por su cuenta todo lo que quieran. Querer,
poder, saber, hacer: qué bonitos verbos. El freelance es la oración yuxtapuesta
de ellos. Así las cosas.
El trabajo independiente tiene muchas ventajas como no tener
que obedecer a un jefe o una línea editorial,
cubrir eventos o sucesos que no son de nuestro agrado y trabajar a
nuestro ritmo, en pijama o con la ropa sucia en algún trabajo de campo.
Obviamente, la desventaja de no tener un sueldo fijo pueden hacer pasar un mal
rato y acabar con el ímpetu, por eso un periodista freelance debe ante todo
amar la libertad y ser multitareas para épocas de crisis y tazas de café
vacías.
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